
En Ibarra, el 30 de noviembre de 1960, el pito del tren convoca a los guambras a afilar los zumbambicos, luego se estibarían en la estación del ferrocarril frutas, maderas y grandes fardos de sueños. Quizá el Tahuando bramaba, y es posible que en el obelisco se hayan reunido los carreteros del Sindicato Marañón, para a la par del vuelo de las garzas en regreso a Yahuarcocha tejer la vida con el canto que las bestias sacaban de las piedras de las calles. Lo cierto es que en el San Vicente de Paúl se oyó el vagido de una criatura, que al decir de Marco Silverio Pérez Yacelga: fue parto normal, lo dice la cama 13 y el ensueño de su madre doña Carmencita que da fe de hippies y de la balada.
El pequeño Marco va hasta la barriada del Sindicato de Choferes, liado con fajas y chambras, pronto vendrían las travesuras y juegos de la edad, su espíritu es pulido por las tías maternas. El niño observó la rectitud y disciplina de su padre, el recordado artista César Pérez, creador de un espacio de comida y de arte: “El Rondador”, escenario para grandes artistas, para la buena palabra y la amistad. En esa estancia se inició en Ibarra la preparación de los pollos al carbón. Don César gozó de la amistad de Ernesto Albán Gómez y su compañía, la sangre de cantautor le acreditaron trofeos como el Zaracay de Plata, y quedan en el aire musical sus temas costumbristas, ‘Los 30 pueblos’, ‘La farra de mi compadre’, ‘Viva Santa Rosa’.
Marco Pérez estudió en la 28 y el San Francisco, a los 12 años confrontó el escenario acompañado de los Hnos. Amaya, sus presentaciones llegaron hasta Cangahua. En los inicios Marco afinó la canción latinoamericana, fundó el grupo “Poncho Libre” y con su hermano César el “Liberación”, de colegial tocó la guitarra, fue parte de la estudiantina e hizo teatro. Hubo tiempo para cultivar canciones cristianas y espirituales.
El artista también dio serenos, recuerda a uno de sus primeros amores: Silvia Amaya, ha hecho andinismo, y entre sus gustos está las caminatas por el campo. Ha obtenido en su vida profesional de cantautor distinciones y reconocimientos, uno de recordación: el segundo puesto en un festival en época de universitario, allí define su gusto por la canción nacional, pues con la proliferación de las “peñas” el género se acentuó.
A los 16 años se define como cantautor, en los caminos del arte ha estado con Claudio Vallejo, Paulina Tamayo, y no hay población norteña que no se haya presentado, ha cantado en escenarios nacionales y últimamente en Colombia.
En el oriente conoció a quien fuera su esposa cantando baladas. Con más de 30 temas entre pasillos, bombas, sanjuanitos, el creador está vigente, sus temas y timbre no son trágicos sino de esperanza, ha hecho de su corazón una cantera para con sensibilidad esculpir hermosos temas que son heredad para el romancero nacional. Con un ideario de liderazgo y de izquierda, y con una personalidad controversial, el artista cincela a los estudiantes del Colegio Víctor Manuel Guzmán, en su cátedra, la filosofía es la asistente para sus magistrales enseñanzas.
