Era la tarde del 15 de agosto de 1868, ‘el jardín del Ecuador’, ensalzado por los viajeros y poetas fue sacudido por varios pequeños temblores que intranquilizaron a los habitantes, en especial a los de El Ángel y de Ibarra. Se repitieron sin causar víctimas ni daños mayores y se sosegaron los ánimos. Más en el silencio de la noche, a la 01:45 de la madrugada del 16 de agosto, los habitantes de Imbabura se sobresaltaron al escuchar un espantoso estruendo subterráneo.
Llenos de pánico, sintieron al mismo tiempo que el suelo se desquiciaba y deshacía en pedazos. Con expresión gráfica y muy acertada, se dijo que la capa terráquea se sacudió con tal violencia, como se sacude un caballo enfurecido para librarse del jinete que le gobierna. Sobrevino en seguida otro estruendo, mas no subterráneo sino superficial, causado por el derrumbe de torres, iglesias y casi todos los edificios. Un minuto más y todo fue profundo silencio, interrumpido luego por alaridos desesperantes, gritos de dolor, lamentos y voces solicitando socorro y auxilio.
!Ay! los pocos ilesos, fuera de sí, descalzos, desnudos o semidesnudos, presos de pánico, se esforzaban por abrirse paso por entre las ruinas, el polvo y la oscuridad para huir al campo mientras a cada instante la tierra temblaba.
En el cataclismo los montes y collados se desquiciaron, sus aguas subterráneas se precipitaron y de los Poguios Altos una gigantesca erupción de agua viscosa y hedionda formó una corriente lodosa de cerca de 400 metros, en su mayor anchura que recorrió su plano inclinado y pasó arrollando en su curso cuanto encontraba hasta precipitarse en el Ambi. Así muchas personas que no habían perecido aplastadas por los muros y techumbres de sus casas encontraron la muerte envueltas en la creciente.
La espantosa ola sísmica, cuyo epicentro se ha fijado entre Otavalo y Atuntaqui, se extendió hasta la ciudad de Guayaquil, y por el norte hasta Honda, Colombia. El cantón de Ibarra tuvo 9.700 muertos; el de Otavalo, 6.000; el de Cotacachi, 3.400; el de Tulcán, 60.
